Las elecciones llegan. Las cadenas de suministro no esperan.
En cinco días, Colombia elige presidente. Y aunque desde Magnum no repartimos tarjetas de partido, sí tenemos una posición clara: lo que más le duele hoy al sector productivo colombiano no es quién gana, sino cuánto tiempo llevamos perdidos.
Cuatro años de incertidumbre regulatoria, reformas que paralizaron decisiones de inversión, y un entorno donde planear a 12 meses se volvió un lujo. Colombia ocupa hoy el sexto puesto entre las economías más complejas del mundo para hacer negocios, con una normatividad tributaria de cambios frecuentes, regulación laboral costosa y la presión adicional de la incertidumbre política. Eso no es un accidente. Es el resultado de gobernar sin mirarle la cara al sector real.
El diagnóstico que nadie quiere leer en campaña
Mientras los candidatos hablan de promesas, los números hablan solos.
En 2025, Colombia registró 9.246 empresas exportadoras, una caída del 1% frente al año anterior. Las empresas con ventas superiores a 1.000 millones de dólares cayeron un 40%, reduciendo la densidad de carga que sostiene rutas marítimas y terrestres, afectando frecuencias de servicio y generando un sistema más fragmentado con mayor presión sobre los costos logísticos.
Solo 400 empresas concentran el 89% del total de las exportaciones nacionales. Eso no es una economía diversificada. Eso es una economía frágil, sostenida por pocos, expuesta a todo.
Y mientras tanto, el mundo no espera: el comercio global crecerá apenas 0,5% en 2026, con mayores barreras, nearshoring acelerado y regulaciones más estrictas en los mercados de alto valor. La ventana de oportunidad para Colombia existe, pero tiene fecha de vencimiento.
Lo que el próximo gobierno tiene que entender — o costará caro
Desde Magnum vemos tres prioridades que no son ideológicas: son operativas.
1. Estabilidad jurídica como activo de competitividad. Un importador no puede tomar decisiones de abastecimiento de 6 meses si las reglas de juego cambian cada trimestre. Las empresas hoy enfrentan regulaciones excesivas, normatividades cambiantes y una dificultad generalizada para planear cualquier tipo de operación. El próximo gobierno hereda esto. Y no puede ignorarlo.
2. Apertura comercial inteligente, no cierre ideológico. Colombia tiene tratados de libre comercio firmados que nunca se han aprovechado a su potencial. Los mercados norteamericanos y europeos no solo buscan cercanía geográfica, sino estabilidad jurídica y operativa. El nearshoring es la oportunidad más grande que ha tenido el país en décadas. Pero no llega solo: requiere un gobierno que facilite, no uno que complique.
3. Inversión en infraestructura logística como política de Estado. No como promesa de campaña. No como contrato político. Como convicción. Colombia no puede ser hub logístico regional con los puertos, vías y sistemas aduaneros que tiene hoy. Las exportaciones tradicionales seguirán estancadas; el futuro está en las exportaciones no tradicionales y de servicios. Eso exige cadenas modernas, ágiles y confiables.
Nuestra lectura: el sector privado no puede seguir siendo el amortiguador del Estado
Cada vez que el gobierno improvisa, las empresas pagan. Cada vez que la política se vuelve espectáculo, la operación se resiente. Y el que termina absorbiendo el costo —en fletes, en tiempos, en capital de trabajo— es el empresario colombiano.
Lo que queremos no es un gobierno que nos subsidie. Queremos uno que nos quite las piedras del camino.
Un gobierno que entienda que quien domine la logística, dominará el comercio — y que eso aplica igual para los países.
El 31 de mayo se vota. El 2 de junio empieza el trabajo de verdad.
Y Magnum estará ahí, como siempre: moviendo carga, leyendo el entorno, y diciéndote lo que otros no se atreven.
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